El cambio del girasol

Girasol

Hoy estaba arreglando un poco el pequeño jardín del balcón, en donde, entre fresas, menta y albahaca vive un girasol. Desde que forma parte de la pequeña familia de plantas, los girasoles han muerto y vuelto a nacer más veces de las que puedo contar.

Es impresionante la frecuencia con que se renuevan. A penas muere una flor, otras tres ya vienen en camino. Y, por lo general, los grandes, intensos y brillantes girasoles son modelos perfectos para mis fotos, pero hoy decidí darles un enfoque diferente.

Decidí guardar los girasoles marchitos. Después de que los corté se me hicieron sumamente atractivos y, prácticamente comencé a fotografiarlos en mi mente. Estas son las imágenes que capturé.

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Me pareció que había una belleza tan especial en los girasoles marchitos que fui corriendo por mi cámara. Los colores ya no son intensos, ahora son suaves, delicados, como en una fotografía antigua. Los pétalos ya no son jóvenes y tersos, ahora son arrugados y crujientes. Se encogen, como si el sol los hubiera  bronceado demasiado.

Ambas etapas del girasol me parecen espectaculares. Aunque quizás la apuesta obvia es fotografiar al girasol en su momento más brillante, la opción de hacerlo cuando ya se ha marchitado tiene un encanto especial.

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Es presentar algo, que puede ser un lugar común, de otra forma, mostrar su otra cara. Y me parece que es una idea que vale la pena practicar y aplicar a todo lo que hacemos, a todo lo que nos pasa.

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